viernes, 10 de marzo de 2017

49


Marcelo, como no sabe qué hacer, decide pasar por lo de Fernando. Deja a Lorena en el auto, baja y toca el portero eléctrico. Minutos después su amigo se sorprende. Aún más cuando al abrir la puerta descubre a la nena. ¡Hola, Fer! grita Lorena abrazándose a su cintura. Minutos después, la nena ubicada frente al televisor, Fernando, mientras hace café, comenta es notable lo mimosa que es tu hija. Él se queda pensando. Sí, Lorena es la más cariñosa. A mí no sale piensa. Y después piensa que no tiene por qué parecérsele. Siente la imperiosa necesidad de compartir su angustia con Fernando. Porque está angustiado. Repentina y francamente angustiado. Tengo que hablar con vos dice como manera de comprometerse. ¿Qué pasó? Sorpresa en la cara de su amigo, lo conoce bien, no lo soltará. Ahora no puedo explica él, cabeceando hacia la nena nos vemos en la semana. ¡El lunes mismo! dictamina Fernando que lleva la bandeja al living y le alcanza un vaso de jugo a la nena. ¡Me gusta tanto estar en esta casa!, ¡qué suerte que mi papi me trajo! Bomboncito de hija tenés comenta Fernando. Un anzuelo jala del alma de Marcelo. Y tira y tira hacia abajo.




Agustina prepara la merienda. Solo tres tazas sobre la mesa. ¿Cuánto hace que murió su mamá?, ¿quince días?, no, un poco más. Sacude la cabeza. No quiere pensar en eso. ¿Cómo le estará yendo a Matilde? Se hacía la que no le importaba pero estaba muy nerviosa. Ella la conoce bien. ¿Si le pregunta por WhatsApp? Me mata. Saca la manteca y el dulce de la heladera y las galletitas de la lata. No tiene ganas de hacer tostadas. ¡¡Chicos!! llama y se sienta en su lugar.



Ya se está poniendo oscuro y no vuelven y ya me aburrí de ver la tele y tengo rabia la voy a buscar a Agus capaz que me deja bañarme con Fede.



Matilde y Mariano caminan por Teodoro García. Falta poco para llegar. Ya comentaron la película largamente. Ahora hace rato que guardan silencio. De pronto él se detiene. Ella lo imita. Él la mira con intensidad, apoya las manos en sus hombros y, poco a poco, la va acercando a la pared. Matilde teme que él escuche su corazón. Él aproxima la cara. Ella siente una llamarada que le sube por las piernas. Cierra los ojos. Percibe el aliento de él. Huele a pastillas de menta. Instantes después, labios sobre sus labios. Manos sobre sus mejillas. A ella los pezones le duelen mientras los huesos se le ablandan. Tanto que teme desvanecerse. Por eso se agarra de Mariano. Él la abraza fuerte. Dulcemente fuerte.


¡Sofi!, no seas grandulona reta Agustina a su hermana que le saca a Fede un pato de plástico, cuando escucha pasos en la escalera. Corriendo. Inconfundibles. ¡Mati!, ¿cómo te fue? pregunta. Como no obtiene respuesta se seca las manos. Sofi, cuídalo indica mientras se levanta del borde de la bañera. Encuentra a su hermana tirada boca arriba sobre la cama. Bajo la tenue luz del velador Agustina la observa. Tiene los ojos cerrados, una sonrisa indescriptible. Un desconocido anhelo la obliga a apoyar las manos sobre su propio abdomen. Repite ahora, casi en un susurro ¿cómo te fue? A Matilde le toma varios segundos abrir los párpados. Segundos que ella aprovecha para sentarse sobre la cama. Por fin sus miradas se cruzan. Me besó dice Matilde y tiene la cara tan resplandeciente que ella, venciendo su temor al rechazo, se deja caer sobre su hermana que también la abraza. Agustina, sin saber por qué, llora.


Agus me dejo aquí y Fede no me hace caso y yo me quiero ir con ellas me quiero ir con alguien que me hable a mí.


Matilde sigue tirada sobre la cama, a oscuras. Quisiera poder detener el tiempo. Dejarse estar, flotar, solo un manojo de sensaciones. Lorena irrumpe en su cuarto. ¡Mati!, ¡estuve en casa de Fernando! Y quizá porque ella no acusa recibo la nena agrega ¡yo sola con papi! Matilde se incorpora a medias, enciende la luz. Más de las ocho, habrá que pensar en la cena. ¿Me escuchaste? insiste su hermanita claro a vos qué te importa si saliste con tu novio. A ella le da risa pero se hace la enojada. ¡Dejate de decir pavadas y andá a bañarte! ¡Ufa! protesta Lorena, saliendo. Matilde se despereza. No tiene más remedio que levantarse. Le espera la vida real.



Marcelo entra a la cocina. Encuentra a Agustina frente a la heladera abierta. No sé qué preparar dice al ver a su padre. No te preocupes, traje pizzas, no me di cuenta de avisar. ¿Y Matilde? averigua, extrañado del cambio de responsabilidades. La chiquilina revolea los ojos y tuerce la boca. Ya me imagino dice él, sonriendo. ¿Qué te imaginas? irrumpe la nombrada. Él la mira. Está tan linda, el pelo revuelto, las mejillas coloradas, que, involuntariamente, le aprieta un cachete. La chica abre los ojos de par en par. ¿Te divertiste? le pregunta. No estuvo mal la película. ¿Y el resto? pregunta él guiñando un ojo. Mejor me voy, ya que están tan graciosos dice Matilde saliendo. Él la mira a Agustina que sonríe, se encoge de hombros y luego se agacha para encender el horno.


Agus me dijo que ponga la mesa y papá que le avise a las chicas piensa Sofía todos me dan ordenes pero nadie me cuenta nada a veces me parece que soy invisible que no estoy.


¡Ya voy! contesta Matilde al tercer grito de Sofía. No tiene ganas de ver ni a Agustina ni a su padre pero no prueba bocado desde el mediodía. Baja y encuentra a todos sentados. Las bandejas con las pizzas al lado de su lugar. Ya estaba por servir yo dice Agustina y a ella le da rabia. Mucho cuchicheo con el padre en la cocina la mosquita muerta. Las chicas le van tendiendo los platos. Ella regula el tamaño de las porciones. Su padre sonríe al recibir la suya. La irrita, siempre la irrita. Repentinamente recupera el recuerdo de la tarjeta. A. Pero espanta la idea con un leve parpadeo. Hoy tiene la cabeza para pensar en otra cosa. Involuntariamente sonríe.


Marcelo contempla a Matilde. Come con entusiasmo. Quién tuviera esa edad. Está grande la mocosa. Grande y linda. Se parece a la madre decide, momento en que descubre que hace unas cuantas horas que no piensa en Diana. No estuvo mal su domingo. Una buena idea visitar a Fernando. Quedaron en almorzar mañana. Ya se le fue el impulso de contarle. La necesidad. Quizá convenga cancelar el encuentro. Igual pueden hablar de cualquier cosa. Sin que él lo hubiera registrado, Federico salió de su silla y se está colgando de sus pantalones. No molestes a papá lo reta Agustina. Dejalo dice él mientras lo sienta en su falda. El nene agarra lo que quedó de su porción y se lo mete en la boca. ¡Fede! grita Matilde. Él lo deja hacer mientras se plantea, por primera vez, cuánta conciencia tendrá el nene de la ausencia de su madre. ¿Seguirá esperándola? Lo escucha reír. ¿Soy yo el único que la necesita?


Sofi ni me habla capaz que está enojada conmigo porque no la desperté para salir mejor voy a su cuarto y le regalo la birome que me dio Fernando todavía no tengo nada de sueño porque nunca me quiero dormir y además me regaló dos.


Marcelo apaga la luz. No puede evitar extender el brazo hacia la derecha. No ocurrió ningún milagro. Diana no regresó. ¿Si lo hiciera podría perdonarla? Aprieta tan fuerte los puños que le quedan las uñas marcadas.


Matilde no puede dormirse. Vueltas y vueltas en la cama. Está en ebullición. Por un lado Mariano, por otro esa inquietud que no logra decodificar. Se concentra en sus sensaciones. Leyó Alberto y se alteró. Inmediatamente pensó en una A. Una A seguida de un punto. ¿Vi esa A?, ¿dónde vi esa A? De pronto vuelve a verla. Recuerda. Vibra el celular. Lo busca, agitada. Buenas noches escribió Mariano. Buenas noches contesta ella. La A desaparece de sus neuronas. Cierra los ojos y revive el beso. Está tan contenta que tiene que compartirlo.


Agustina está desvelada. No entiende qué le pasa. Distingue un contorno en el marco de la puerta. ¿Dormís? le pregunta Matilde. Sí, estoy dormida pero hablo. Su hermana entra. Mariano me escribió informa. ¿Qué te dijo? Buenas noches. ¿Y por esa boludez me despertás? se burla al tiempo que le tira la almohada por la cabeza. Minutos después juegan a la lucha sobre la alfombra.



miércoles, 8 de marzo de 2017

48


Marcelo regresa de buen humor. La caminata fue reparadora. Un día frío pero precioso. Entra a la cocina silbando. Traje helado informa. Guardalo en el congelador indica Matilde en el freezer se pone muy duro. Como si él no supiera, como si fuera la primera vez en su vida que compra helado. Esta chica tiene el poder de irritarme rumia mientras abre la heladera. Lorena entra a la cocina. ¿Qué más llevo? pregunta. La panera indica Agustina. Cuando lo descubre grita ¡vino mi papi! y a él se le estruja el estómago. Le revuelve el cabello con la mano. Ella también lo tiene sedoso.


¡Ay! grita Sofía me quemaste. Matilde observa la mano chorreada de su hermana. Ni siquiera recuerda haberle servido. No es para tanto dice mientras trata de prestar atención al plato que le acerca Lorena. Tené cuidado, porfi pide la nena. No puede dejar de pensar en la tarjeta. Patricia y Alberto. A. De pronto deja de escuchar. Como si una campana de vidrio cubriera a su familia. Solo le llega el ruido de los cubiertos, de las copas. Metal, vidrio. La campana es impermeable a la voz humana. A. Observa a Lorena mojando el pan. Luego a su padre limpiándose los labios antes de beber.  ¿Tienen algo en común? Sí, es la misma la salsa que embebe el pan y la que deja  su huella en la servilleta. Matilde sacude la cabeza. Estoy mal decide. Trata de pensar en Mariano. Ya ni tiene ganas de verlo. Estoy muy mal reconfirma. A.


El almuerzo concluido. Marcelo observa como sus hijos se van levantando de a uno. Hasta que se encuentra solo ante la mesa sembrada de vajilla sucia, de servilletas abolladas. Atina a juntar un par de platos cuando se acerca Agustina. Dejá, papá, yo me ocupo. Está levantándose cuando Matilde le tiende una taza. Ya tiene azúcar informa dos. Gracias dice y prueba el café. Fuerte, caliente, dulce. Perfecto. Agustina se afana con la bandeja. Desde la cocina llega ruido de platos. ¿Matilde los está poniendo en el lavavajillas? Parece que todos saben lo que tienen que hacer menos él. La tarde por delante. Una insidiosa modorra apoderándose de él. Necesita una buena siesta. Termina su café y se levanta. Cuando está subiendo para acostarse lo intercepta Lorena. Papi, es domingo, ¿qué vamos a hacer?


Me estoy cambiando piensa Lorena porque papi me invitó a dar una vuelta me pidió que le avisara a los chicos pero Matilde va a salir con su novio que ella no me dice pero yo igual me doy cuenta Agus se tiene que quedar con Fede que ya se durmió y a Sofi no le dije nada porque entré a su cuarto la miré y la vi cansada muy cansada.


Marcelo espera a sus hijos. Adónde los puede llevar. ¿A tomar un helado? Está demasiado fresco. ¿A la plaza?  Fede se divertiría, las chicas están grandes. ¿A un shopping? A las chicas podría interesarles pero para el nene seguro que es un plomo. Le preguntará a Agustina. Que ella resuelva. Aliviado se acerca a la ventana. Está linda la tarde aunque las hojas de los árboles bailan al son del viento. ¡Ya estoy lista! Lo sobresalta la  voz de Lorena. La reconozco piensa antes de girar. La nena está con una pollera cortita, las piernas desnudas. La vincha con la flor en la cabeza. Pero qué bonita que se me puso. La carita de la nena es una fiesta. ¿Salimos? pregunta Lorena. ¿Y tus hermanos? Fede duerme y Agus tiene que cuidarlo y Mati está por salir. ¿Y Sofia? La nena mira al piso cuando contesta muy seria Sofi también duerme, mucho duerme. Él trata de disimular la sonrisa. ¿Y a dónde quiere ir mi princesa? Adónde me lleve mi príncipe contesta la nena y la fiesta se reinicia. Él está por decirle que está muy desabrigada, que se ponga un pantalón pero cambia de idea. Mejor vamos a dar una vuelta en carroza propone mientras tiende un brazo del que la nena se toma.


Escucho el ruido de la puerta y bajo corriendo pero cuando llego el auto ya está en la esquina qué raro Lorena y papá salieron solos capaz que papá se enojó conmigo porque no terminé los ravioles aunque él no me dijo nada fue Mati la que me retó y ahora qué hago yo un domingo sin Lore sin la gorda no sé qué hacer.


Justo cuando salimos la vi a Sofi en la ventana pero por suerte papi no la vio le pedí si podía viajar adelante y primero me dijo que soy muy chica pero le pedí mucho y me dejó total me apreté fuerte el cinturón además soy demasiado gorda para salir volando aunque eso no le dije no sé adónde vamos pero no quiero llegar nunca.


Matilde se prueba otra remera más. Se asoma de frente y de perfil al espejo. La cama sepultada por ropa y más ropa. Mira el reloj. ¡Agus, vení! grita mientras sus manos húmedas luchan contra el escote atrancado en su cabeza.


Matilde la llama a los gritos. Agustina se asusta y va corriendo a su cuarto pero cuando la ve le da risa y se acuerda del texto que leyeron en el colegio. Parecés el del cuento de Cortázar dice. Escucha las carcajadas sofocadas de su hermana. Desenrolla el sweater y tira hacia arriba hasta que aparece el rostro colorado de su hermana. ¿Qué me pongo? le pregunta. Ella busca sobre la cama la remera azul que compraron con su mamá, un día que salieron las tres juntas.  Le queda relinda y le marca bien el cuerpo. Su hermana dice que le da vergüenza pero ella al fin la convence, sobre todo porque es tarde y Mariano debe de estar por llegar. Mientras Matilde se pinta los labios ella le cepilla el cabello. Le presta el perfume que también le regaló su mamá. La verdad es que su hermana está preciosa, sobre todo porque los ojos le brillan. No sabe por qué le dan ganas de llorar.

                                                                                           
Matilde escucha el timbre y el corazón se le transforma en una bomba. No quiere atender. ¡Mati! le grita Agustina. Entonces agarra la campera y el morral y baja a los saltos. ¡Tratá de no caerte! se burla su hermana y desde arriba de la escalera la saluda con ambos pulgares en alto. Sofía también se asoma. ¡Mati, estás divina! Ella inspira hondo y va a abrir. ¡Portate bien! le recomienda Agustina riendo. Absurdamente, justo antes de que la puerta termine de abrirse, se le aparece el rostro de su madre que ya nunca podrá pedirle que se porte bien. La garganta se le anuda. Vuelve a inspirar y ensaya una sonrisa. Mariano se inclina a darle un beso, tropieza con el escaloncito y la arrastra. Caen los dos, enredados. Se ríen a carcajadas.


Agustina se deja caer sobre la cama. Podría aprovechar que Federico duerme para hacer la tarea de historia. Pero hoy está tan triste.


lunes, 6 de marzo de 2017

47


19 Domingo

Marcelo entra a la cocina, por suerte vacía. ¿Habrá café instantáneo? Abre las alacenas. En la segunda encuentra el frasco. Está agarrándolo cuando aparece Matilde. Mala suerte piensa se complica la mañana. Dejá dice la chica sacándole el frasco de la mano y regresándolo al estante te preparo un café como la gente. Él se sienta y la observa trajinar. Todos sus movimientos son precisos, seguros. Esta chica siempre sabe lo que hace. Escucha el borboteo de la cafetera, el ruido de la tostadora y del exprimidor. Se van ensamblando los aromas. Matilde pone individuales, vasos, azucarera, mantequera y mermelada. Apoya las tazas humeantes y, finalmente, se ubica frente a él. Excelente desayuno dice él. Ella hace una mueca despectiva pero sonríe. ¿Cómo la pasaron ayer? pregunta él. Bien contesta ella alquilamos una peli. Lamento que no hayan podido salir comenta él no volverá a repetirse, hablaré con Ramona. Sí, yo también estuve pensando; tengo varias fiestas de quince y Agustina no puede con todos; además ya está grande, espero que ella también empiece a salir. Sí, Matilde es una máquina, nada se escapa de su control. Tengo suerte se dice. La chiquilina está revolviendo el café cuando, sin mirarlo, pregunta  ¿vos sabés si mamá y Patricia se pelearon? Él se alerta. Se endereza en la silla, atento a la próxima jugada. Con Matilde es así, en cuanto uno se descuida llega la estocada. ¿A qué viene tu curiosidad? repregunta. Nada, de pronto me acordé de Patricia y me puse a pensar que hacía mil que no la veía y que era rarísimo que no hubiera estado ni en el velorio ni en el entierro de mamá. Él inspira hondo. Sí, se distanciaron hace muchos años, tu mamá no quiso contarme por qué. ¿Vos también te peleaste con el marido? Nunca fuimos amigos. Sin embargo los cuatro cenaban juntos muy seguido. Él está perplejo. ¿Y a vos quién te dijo? Nadie, los vi en las fotos. Matilde es peligrosa. Peligrosísima. Se dio así, jamás lo charlé con él, cosas de mujeres. Ella esboza una sonrisa. Marcelo piensa que siempre logra humillarlo. Está pensando qué decirle cuando la irrupción de Agustina con Federico en brazos lo exime. ¡Papá! dice el nene tendiéndole los bracitos.


Matilde bebe de un trago el resto del café con leche y deja la taza en la pileta.  ¿Ya te vas? pregunta Agustina. Ella se encoge de hombros y se dirige a la puerta. ¡Tau! le dice Federico agitando la manito.  Ella duda un instante pero se cruza con los ojos del padre y continúa su camino. Es imposible obtener información de él. Nunca sabe nada, nunca le interesa nada rumia. Cuando está subiendo se cruza con Lorena. Casi la hace caer. ¡No seas bruta! le grita. La nena la mira. Parece afligida. Perdón, Mati pide. Ella sabe que debería tranquilizarla pero la hace a un lado y sigue subiendo. Está de mal humor. Aunque tiene que reconocer que su padre es coherente: nunca se entera de nada, nunca se plantea nada. Transcurre. Con razón que mamá lo engañó vuelve a pensar. Abre la puerta de su cuarto. ¿Qué estará haciendo Mariano? Seguro que todavía durmiendo. Se tira sobre la cama revuelta. Mariano le preguntó qué quería ver. ¿Qué preferirá él? De acción, obvio. Así son los hombres. Cierra los ojos. Sonríe.


Agustina observa al padre enfrascado en el diario, a Lorena frente a su tostada intacta, a Federico destrozando la suya con ambas manos. Se siente repentinamente triste. Muy triste. Sola.


Matilde me empujó y papá ni se dio cuenta de que estoy en la cocina Sofi tiene suerte todavía está durmiendo mejor me tomó la leche rápido y la voy a despertar.


Sería incapaz de contar lo que acaba de leer. Las letras resbalan sobre las retinas de Marcelo. Abandona el Cronista Comercial sobre la mesa que descubre ya despejada. Gira y observa a Agustina enjuagando las tazas. Federico está sentado en el suelo, haciendo un tren con las cucharitas en fila. Chu, chu dice. Marcelo no tiene el menor registro de cómo llegaron allí. Los recuerda alrededor de la mesa, Lorena incluida. ¿Matilde se había ido antes? Ahora se le dio por Patricia. ¿Esta chica no puede pensar en cosas propias de su edad? Patricia era encantadora. Espléndida mujer a pesar de sus cinco hijos. Cuando se juntaban era una romería. Si no se equivoca, cuando se distanciaron ambas estaban embarazadas. ¿Habrá llegado la nena que tanto buscaban? ¿Qué habrá sido de Alberto? ¡Papá! el nene sacudiendo su pantalón. Fede, ¡con esas manos roñosas! lo reta Agustina acercándose con un repasador. Él sonríe y acaricia el cabello de la chiquilina, largo, sedoso. Es un ángel piensa.


Lorena vino a jorobarme y se acostó conmigo que me ocupa toda la cama la gorda y nos tapamos las cabezas y jugamos a la cueva y a que viene un moustruo y escuchamos ruidos y un poco nos asustamos pero es Agus que me trae la leche y tostadas y Lore me pide una porque dice que casi no desayunó y no sé si le creo pero igual le doy la mejor.


Ya arreglaron: Mariano la pasará a buscar a las cuatro. Por las dudas le va a avisar a su papá. Aunque no hay chance de que me diga que no. Como el quini hoy sale o sale. Lo busca en la cocina pero ya no está. Tampoco en el living. ¿Se habrá ido? Sube nuevamente. Le pregunta a sus hermanas pero no lo vieron. Golpea, entonces, la puerta de su cuarto. Adelante le indica. Lo encuentra frente al placard. Habrá que hacer algo con la ropa de tu madre dice abriéndolo de par en par. El olor de su mamá la golpea e, instintivamente, da un paso hacia atrás. Él quizá lo registra porque cierra con brusquedad. No soporto olerla dice y a ella le da tanta pena. Pena y rabia. Ella no se merecía tanto amor piensa. No te preocupes, papá, yo me voy a ocupar promete. Los dos se quedan parados mirándose. ¿Precisabas algo? pregunta él. Hoy a la tarde voy al cine, ¿podrás ocuparte de los chicos? ¡Por supuesto!, ya te clavé anoche. Matilde está por salir cuando él pregunta ¿vas con tus amigas? A ella no le gusta mentir por eso informa con un amigo. ¡Epa, epa! dice él sonriendo. Ella siente calor en las mejillas y huye.


Marcelo continúa sonriendo tras la puerta cerrada. También piensa en cosas propias de su edad. La sonrisa se desvanece cuando registra que tendrá que hacerse cargo de sus hijos. ¿Agustina también lo abandonará? Acá la única que me abandonó fue Diana reconoce con rabia. Tendría que llevarlos a algún lado. ¿De nuevo al cine?, ¿a almorzar afuera? No, para el mediodía todavía contará con Matilde. Siempre lo aplica a su trabajo: no superponer recursos. Aprovechará, entonces, para salir ahora un rato. Le hará bien caminar. Al abrir el placard regresa el perfume. Saca rápido la campera y cierra con fuerza.


Agustina observa a Matilde rehogar la cebolla. Hasta que esté traslúcida. ¿Desde qué edad cocina su hermana los domingos? ¿Ocho?, ¿nueve? Ella lucha con el abrelatas. Matilde abandona la cuchara de madera y dice así no, tenés que presionar fuerte.  La lata gira disciplinada bajo sus manos. Dejame protesta ella tengo que aprender. Instantes después su hermana vuelca el tomate sobre la cebolla. Alcanzame un cubito pide. ¿Dónde están? pregunta ella. Matilde abre la heladera bufando. Ella se siente una inútil. Matilde está revolviendo la salsa cuando pregunta Agus, ¿vos te acordás de Patricia? ¿La amiga de mamá? Sí, ¿te acordás? No, pero mamá siempre me hablaba de ella, me contaba que la extrañaba. Matilde abandona la salsa. ¿Te contó por qué se pelearon? No, una vez le pregunté y se puso a llorar; para un cumple me regaló la caja de lápices de colores de treinta y seis, todavía tengo la tarjeta. ¿Me la mostrás? ¿Ahora? Dale dice Matilde apagando la hornalla después seguimos cocinando, total todavía es temprano. Ella se encoge de hombros y la sigue. ¿Qué otro remedio? Cuando a Mati se le ocurre algo…


Matilde espera mientras Agustina rebusca en sus cajones. ¡Acá está! exclama, triunfal luego de un buen rato. Para que nuestra querida Agus llene de colores su mundo lee su hermana qué lindo, ¿no? Ella registra el nuestra. ¿Me la dejás ver? pide. Agustina le tiende la tarjeta. Matilde observa las firmas. El corazón se le agita: Patricia y Alberto.



viernes, 3 de marzo de 2017

46


La cama de Agustina está sepultada bajo la ropa. No sabe qué ponerse. ¿Cuál piyama será mejor? Entra Matilde. Al final te llevo yo le informa. Ella lamenta tanto molestarla. ¿Qué arreglaste con Mariano? pregunta. Matilde cabecea. Todavía nada, pero voy a cancelar. ¡¿Por qué?! Papá va a salir contesta su hermana. Ella no tiene ninguna duda. Me quedo yo. Matilde arquea las cejas, parece sorprendida. No te preocupes, Agus, arreglo para otro día. Me quedo yo reitera ella. No dice Matilde sacando el celular del bolsillo ya mismo le aviso a Mariano. ¡Y yo le aviso a Vale! dice ella manoteándole el teléfono. Caen las dos sobre la cama forcejeando. Ríen.


Las chicas primero gritaban pero ahora se ríen qué suerte creí que de nuevo se estaban peleando por mí piensa Lorena.


Marcelo se ducha. Envuelto en la toalla, se encierra en su cuarto. Se tira desnudo sobre la cama y enciende la televisión. Muchas horas por delante. Ojalá pudiera dormirse un rato. Cierra los ojos.


Matilde está enojada. Consigo misma sobre todo. Los hijos son de él piensa.  Se le aparece al instante el rostro de Lorena. Es increíble, no le ha hecho ni un comentario al respecto. Le debe dar vergüenza evalúa. Capaz que ya se olvidó sonríe con sorna. ¿Y si le dice ahora que las dos tienen que salir? Igual es absurdo pensar que él pueda hacerse cargo de Fede. La rabia crece. No sirve para nada dictamina. Lo escucha bajar la escalera. No se la voy a hacer fácil decide y baja tras él. ¿Ya te vas? le pregunta. Él la mira. Parece molesto. ¿Querés que alcance a Agustina? propone. Ella quisiera decirle que no quiere nada porque Agustina no es hija de ella, pero no puede. Sí atina a decir no te preocupes, nos quedaremos las dos. No te entiendo. Las dos teníamos programa pero nos quedaremos cuidando a los chicos dice con retintín, disfrutando cada una de sus palabras. Que se sienta culpable al menos. ¿Y Ramona? pregunta él. Es sábado, papá, ya se fue informa y, sin saludarlo, sube corriendo la escalera. Instantes después escucha la puerta cerrándose. Es la última vez se promete a sí misma.


Marcelo recuerda esos muñecos inflables a los cuales les pegan y siempre vuelven a pararse. Está esperando la próxima cuando Matilde escapa por la escalera. No me dio tiempo a reaccionar intenta disculparse mientras abre la puerta. No puede quedarse porque Fernando ya sacó las entradas para el teatro. Yo no sabía que Ramona se iba. Aunque debe reconocer que no pensó ni por un instante quién iba a cuidar a los chicos. Nunca fueron mi responsabilidad. Enciende el motor. Ramona antes tampoco estaba los fines de semana. ¿Los chicos quedaban solos cuando ellos salían?  Arranca.


Su padre ni siquiera se disculpó. Matilde está indignada. Me hizo quedar como una tarada con Mariano. Quién sabe si volverá a invitarla. ¿Tendría que haber aceptado el ofrecimiento de Agustina?  Demasiado chica para tanta responsabilidad. A lo mejor habría que preguntarle a Ramona si puede quedarse los sábados. Pobre, Ramo piensa necesita salir un poco. O si conoce a alguien. Se acercan varias fiestas de quince. Alguien tendrá que quedarse con los chicos porque si cuenta con su papá… ¿Se habrá olvidado de que Lorena no es su hija?, ¿pensará averiguar quién es el padre? La rabia comienza a transformarse en tristeza. Se tira en la cama. Se dormiría ya mismo. Y que reventaran todos. Golpean la puerta. Voy a alquilar una peli para las nenas le informa Agustina. Ella se incorpora de un salto. Bancame diez y te acompaño. Genial comenta su hermana le pido a Sofi que vigile un ratito a Fede. Matilde espera que Agustina salga y le escribe a Mariano ¿te enojaste? Reteniendo la respiración espera el repiqueteo del celular. Para nada, ¿qué hacés mañana? La cara no le alcanza para contener la sonrisa. Nada, ¿por?


Luego de varias vueltas Marcelo consigue estacionar el auto. Casi una hora por delante. Está por entrar a un bar cuando decide caminar. Corrientes se le ofrece. Cuántas veces la habrá caminado con Diana. Cuando eran jóvenes se eternizaban en las librerías. Hace rato que no leo piensa. Se mete en Cúspide.


Revisan películas juntas. Se ríen recordándolas. Sofía dijo que quiere ver otra vez Minios cuenta Agustina. Es un plomo comenta su hermana ¿querés que veamos de nuevo "La bella y la bestia"? propone ella. Dale acepta Matilde igual le va a gustar. Van caminando juntas por la calle. Ya está oscuro. Agustina piensa que en el fondo no tenía tantas ganas de ir a la piyamada. Lorena me pidió que le hiciera pochoclo se acuerda ella, en la esquina de su casa tengo que ir a comprar maíz. Te acompaño propone su hermana. Cruzan. Mientras esperan que las atiendan ella pregunta ¿qué pasó con Mariano?  La cara de su hermana resplandece.  A lo mejor vamos mañana al cine. ¿A lo mejor?, aunque haya un tsunami, prometémelo. Matilde ríe levantando la palma. La chocan.


Le pedí a Agus que compre para hacer pochoclo pero seguro que se olvida piensa Lorena mientras juega con sus pequeños ponys.


Agus me encargó que le cuide a Fede pero no me hace caso piensa Sofía Matilde tiene razón es un malcriado ojalá que vuelvan pronto cuando estaba mamá se portaba mejor es que con ella no había muchas vueltas.


Marcelo guiado por  la ilustración de la tapa toma un libro. La mujer justa, de Sandor Marai. Tan parecida a Diana. Mira la solapa.  Tema: la infidelidad. Sin pensarlo dos veces lleva el libro a la caja.


Matilde saca las empanadas del horno, las coloca sobre una fuente y, desestimando la mesa que Ramona había dejado puesta, la lleva al living. Agustina la sigue con la bebida. Sus tres hermanos las esperan sentados alrededor de la mesita baja. Gritos de alegría. ¿Están preparados? pregunta Matilde. ¡¡Sí!! es la unánime respuesta. Acciona la tecla de play. En un país lejano un joven príncipe que vivía en un resplandeciente castillo, a pesar de tener todo lo que pudiera desear, el príncipe era egoísta, déspota y consentido. Pero una noche de invierno… Enciende la lámpara y apaga la luz alta. Observa los cuatro pares de ojos atentos sobre la pantalla, las bocas llenas de empanadas. Son mis hermanos piensa y el cuerpo le duele de amor. Ojo con las migas dice.


Marcelo se estira en su butaca. El teatro no es lo suyo. Mira el reloj. Ya falta poco por suerte. La novia de Fernando es agradable. La otra pareja de amigos, también. Espera que la cena mejore el programa. Tengo ganas de irme a casa piensa. Aun con los chicos.


Ojalá que este día no termine nunca y no solo por los pochoclos piensa Lorena no quiero dormirme me pican los ojos los voy a cerrar pero por un ratito nada más.


Les ayudé a las chicas con los platos porque yo también soy grande piensa Sofía pero se metieron en el cuarto de Matilde y cerraron la puerta y no me dejaron pasar ufa la voy a visitar a la gorda si es que no reventó con tanto pochoclo que estaba rebueno la verdad.


Agustina se tira sobre la cama de su hermana. Federico, por suerte,  quedó rendido antes de que terminara la película. Valeria le mando un mensajito diciéndole que la extrañaban. Otra vez será piensa, y le sorprende no estar triste. Matilde está chateando con Mariano. Qué raro que me deje estar acá. Ella la observa. Parece otra. Está radiante. Porque últimamente Matilde está siempre de mal humor. ¿Desde que murió mamá? No, desde antes. Discutía bastante con su mamá. ¿Sobre qué? No consigue recordarlo. Discutían concluye. Nos encontramos a las cinco le cuenta su hermana, apretando en la mano el celular. ¿Dónde? Cabildo y Juramento. ¿Le pediste permiso a papá? ¡¿A papá?!, en todo caso a vos que a lo mejor te toca quedarte sola con los chicos. Las dos sentadas como indios sobre la cama, las manos nuevamente chocan.


Marcelo sube la escalera, los zapatos en la mano. Silencio absoluto. Abiertas las puertas de Agustina y de Sofía. Se asoma. Las camas vacías.  Observa a Federico bajo la tenue luz del velador. Duerme abrazado a su oso. Murmullos tras las otras puertas. Se las arreglaron piensa pero está claro que para el próximo fin de semana deberá encontrar otra solución. Porque le esperan infinitos sábados. Solo, estoy tan solo piensa mientras se desmorona, vestido, sobre la cama.



jueves, 2 de marzo de 2017

45


Marcelo controla la hora, ¿Fernando ya se habrá levantado? Mejor lo pesco temprano, antes de que haga otro programa. La voz que lo atiende no arroja dudas: acaba de despertarlo. Minutos después se encuentra sumado al proyecto de su amigo: teatro. Se había olvidado de las aficiones de Fernando. ¿Cuántos miles de años que no va al teatro? A Diana no le gustaba.


Me comí dos madalenas piensa Sofía Mati se hubiera puesto contenta pero no desayunó con nosotras Agus no se dio cuenta qué raro pero Ramo sí que me felicitó.


Matilde subió corriendo y ni me saludó  y Agus ni me miró piensa Lorena seguro que están enojadas conmigo aunque no sé por qué suerte que existe Ramona.


Matilde aprieta el celular entre las manos. No sabe qué contestar. Imposible llamarla a Rocío: los sábados no existe hasta el mediodía. Inspira profundamente y teclea Nada, ¿por qué? Las manos le sudan.


Agustina duda. Valentina la está invitando a dormir. Van otras dos chicas. Tiene miedo de que le pase algo pero se muere por ir.  Además tendría que consultar. Te llamo en quince contesta. Minutos después golpea la puerta de Matilde.


Pasá dice Matilde. Agustina entra y se queda parada en el medio del cuarto. Parecés un poste, ¿qué te pasa? le pregunta ella. Hay piyamada en casa de Vale. ¿Me estás pidiendo permiso? contesta de mal modo. Mati, no seas así dice su hermana cerrando los ojos. A ella, como siempre, le da culpa. Obvio que podés ir. Es que no sé si quiero. ¿Por qué? Agustina se queda muda mientras las mejillas se le ponen coloradas. Ah dice ella no seas tonta, no pasa nada, te voy a comprar unas toallitas nocturnas que son súper. ¿Estás segura? pregunta su hermana, el rostro más distendido. Obvio contesta ella aunque recuerda la vez que manchó las sábanas en la casa de Rocío. Yo me animo a viajar sola dice entonces Agustina. No te preocupes, yo te acompaño promete mientras su celular vibra. Mariano. ¿Querés ir al cine? Se ve que su desconcierto es evidente porque Agustina le pregunta ¿qué pasó? Ella no tiene tiempo de evaluarlo por eso contesta Mariano me invita al cine. La sonrisa de su hermana se despliega. ¿Te gusta? pregunta. Matilde descubre que de eso se trata. No sé contesta. Dale, Mati, no te hagas la tonta. Ahora es ella la que siente calor en las mejillas. Es relindo agrega su hermana yo que vos ni lo pienso. Matilde sonríe mientras teclea dale. Cualquier cosa vos tenés la culpa. De acuerdo dice Agustina ofreciéndole  la palma. Ella se la golpea. Las dos ríen.


Una mañana espléndida. Fresca y soleada. Hace mucho que Marcelo camina. Sin plan previo. Solo se desliza hacia donde lo conducen sus pasos. Casi ha logrado no pensar. Casi. Destellos apenas. Entonces silba. O canturrea.  O recita. Estoy triste. Pero siempre estoy triste. No sabe cómo llegó hasta el hipódromo. Ya es hora de regresar.


Papá se fue y nadie sabe adónde Lorena me dijo que capaz que no vuelve pero ella siempre dice tonterías.


En cuanto abre la puerta lo asalta el aroma. Ramona está friendo pescado, casi podría jurarlo. Qué bueno, hace rato que tenía ganas. Se tira en el sillón del living. Caminó mucho, está cansado. Sofía baja la escalera a los saltos. ¡Volviste, papá! La nena parece tan aliviada que él se sorprende. ¡Cómo no iba a volver! la tranquiliza. ¡Papá! grita Fede desde los brazos de Agustina, pugnando por bajarse. Él lo agarra y le hace cosquillas. El nene se ríe. Lorena sale de la cocina. Pregunta Ramona si ya estás listo. Él es el primero en sentarse. Los chicos se van ubicando. Queda libre solo una silla. ¿Y Matilde? pregunta él. Ni idea contesta Sofía. Hoy ni la vi agrega Lorena. Él se asusta, no entiende por qué pero se asusta. Tanto que nota que el pulso se le acelera. Voy a buscarla propone Agustina levantándose. Ramona deja la bandeja sobre la mesa, junto al lugar de Matilde. Arriba no está informa Agustina una infinidad después. ¿Te fijaste en el baño? pregunta él. Obvio contesta la chiquilina. ¡Llamenla al celu! propone Lorena. Claro, cómo no se le ocurrió desde el principio. Agustina está corriendo a buscar su celular cuando se escucha el ruido de la puerta de entrada. Instantes después Matilde aparece en el comedor. Él experimenta un inmenso alivio. Gracias a Dios piensa.


Matilde entra al comedor. Cinco pares de ojos clavados sobre ella. ¿Dónde andabas? dice su padre, muy serio. Fui a la farmacia explica ella mientras la mira a Agustina con complicidad. La próxima vez avisá, nos preocupamos dice su padre. Ramona entra y retira las fuentes. Las voy a calentar comenta. Ella se va a lavar las manos y a dejar la bolsita. Cuando regresa, Ramona está depositando la bandeja. Ella se sienta y sirve.  Papá se preocupó por mí piensa. No me gusta el pescado protesta Sofía cuando recibe su plato. Callate y comé le ordena ella. Mientras se dedica al filet y al puré mira de reojo a su padre. Sofía se eterniza desmenuzando la merluza. Un trozo vuela sobre el mantel. ¡Si no vas a comer, levantate! grita su padre. Se impone un silencio sobrenatural. Hasta Federico suspende en el aire el camino de su cuchara. Matilde ve el estupor en los ojos de Sofía. A pesar de que hacía unos instantes compartía el fastidio de su padre, ahora le da lástima. Está a punto de defenderla cuando observa la expresión en los ojos de su padre. Calla, entonces.

Tengo hambre porque papá me echó de la mesa piensa Sofía, boca abajo sobre su cama.


Marcelo se queda desconcertado. No debí gritarle piensa. Pero le gritó. Está harto. Harto de adolescentes prepotentes y nenas malcriadas. Suerte que arregló con Fernando. Es más: no esperará a la noche. Precisa irse. Ya. Agarra el café que le extiende Ramona y va a tomarlo al living. Se desploma sobre el sillón.


Agustina entra a la cocina y se encuentra a Sofía sentada a la mesa, mojando un pan en el huevo frito. ¿Qué estás haciendo? la reta. La culpa es mía intercede Ramona yo se lo ofrecí. Mamá se hubiera puesto furiosa es el primer pensamiento de Agustina. No sabe cómo debe reaccionar, entonces sale. ¿Precisabas algo? le pregunta Ramona. Cómo decirle que se había sentido sola. Nada, Ramo, gracias contesta sin darse vuelta.


Matilde no quiere hablar con su padre pero precisa preguntarle si podrá alcanzar a Agustina. Lo encuentra en el sillón del living. Recostado. Parece dormido. Ella está por retroceder cuando él abre los ojos. ¿Me buscabas? le pregunta. Ella que solo querría huir se encuentra diciendo Agustina tiene una piyamada, ¿vos podrás llevarla? El padre hace una mueca antes de informar salgo dentro de un rato y no vuelvo a cenar. A Matilde ya no le importa el traslado de su hermana. Está pensando en Mariano. La puta que lo parió piensa papá me jodió de nuevo.



lunes, 27 de febrero de 2017

44


18 Sábado

Marcelo se despierta a las siete. Intenta retomar el sueño pero a las siete y media desiste. Lo abruma el día por delante. Lo sofoca pensar en compartirlo con sus hijos. Ni pensar que el devenir de las horas pueda dejarlo a solas con Matilde. Es la que primero se levanta. Tendrá que evitarla. Va al baño, se afeita, se viste y baja. Cuando está por abrir la puerta de calle, Ramona lo intercepta. Buenos días, señor, ¿le preparo el desayuno? No, gracias, regreso a media mañana informa y se apura en cerrar. No sea que la conversación haya despertado a Matilde.


Papi se levantó me quedé quietita por si me venía a saludar pero bajó voy ir  preguntarle a Sofi si ya está despierta.


Matilde escucha el ruido de la puerta de calle. Se asoma por la ventana y ve a su padre caminando por la vereda. Se despereza y, descalza, se dirige al cuarto de su madre. La caja la espera.


Agustina se despierta sobresaltada. Comprueba, aliviada, que no tiene el pantalón del piyama manchado. Tiene ganas de hacer pis pero le da miedo levantarse. Ya parada, siente que la sangre le baja y se marea. Se sostiene de la pared. Junta coraje y va hasta el baño. Llega sin que ocurra ningún desborde. Suspira aliviada. Mati tenía razón, no pasa nada.


Matilde saca las agendas y va abriendo, al azar, páginas de distintos años. Comprueba, con sorpresa, que su madre visitaba a su abuela casi todos los días. También que veía a Patricia al menos una vez por semana y cenaban  en su casa muchos sábados. Patricia. Matilde tiene un vago recuerdo de ella. ¿Era la que le regaló la casa para las barbies? Qué raro, Patricia ni apareció en el velorio. Mira ahora las anotaciones, centrada en su nombre. Continúa con similar frecuencia hasta que su madre quedó embarazada de Lorena. Y luego nunca más. Evidentemente Lorena representó para su madre un antes y un después. También en su manera de ser madre. Mamá cambió admite. De alguna manera siente que su propia niñez terminó con el nacimiento de Lorena. De ahí en más su mamá la trató como si ella fuera grande. Me exigió como si fuera grande. Empezó a hacer las compras, a levantar la mesa, a lavar los platos, a ocuparse de sus hermanitas. Tenía ocho años piensa con rabia. A esa edad ella bañaba a Lorena y Lorena todavía precisa que la bañen. Recuerda a su hermanita ayer jugando en la bañera, pidiéndole que no se fuera. Yo también era una nena reconoce con rencor.


Marcelo camina por Libertador. Sumido en sus pensamientos no sabe cómo llegó hasta allí. No lo decidí, ocurrió. Sigue hasta Virrey Loreto y entra en Mos. A veces venía con Diana recuerda fastidiado. Ojalá existiera una lavandina que la extrajera de sus neuronas. Se sienta. Lo embriaga el aroma a café. Agarra un diario.


Ramona está abriendo el horno. Me despertó el olor dice Matilde. Llegaste justito, ¿té o café?  Matilde piensa que desde que murió su madre, más allá de que tenga que ocuparse de sus hermanos, hay alguien que siempre se ocupa de ella. Ramona le alcanza la taza humeante y pone sobre la mesa un plato con tres madalenas. Todavía están calientes, tené cuidado le avisa. Sin escuchar la advertencia Matilde muerde una. ¡Ay! exclama. Te avisé dice la mujer sonriendo. Ramo, sentate le pide ella. Ramona obedece. ¿Te puedo hacer una pregunta?¡Uy!, ya empezamos se ríe la mujer. ¿Vos te acordás de Patricia? ¿La amiga de tu mamá?, sí, claro. ¿La viste en el entierro? No, no estuvo. Qué raro, ¿no?, capaz vive en otro país. No, no hace mucho la vi por la calle. ¿La saludaste? La mujer la mira sorprendida ¿te parece que después de tantos años se iba a acordar de mí? ¿Vos sabés por qué se pelearon? Ramona se queda en silencio. Tal vez trata de hacer memoria. No, yo le pregunté a tu mamá porque la señora Patricia venía mucho, a veces a tomar el té y otras veces a cenar con el marido, tu mamá me pedía que les dejara la comida preparada. ¿Y qué te contestó? Que no se la nombrara nunca más porque se le partía el alma, se ve que la extrañaba, era su única amiga y justo le pasó cuando estaba embarazada de Lorena que pobrecita la señora Diana ya no estaba nada bien. Ramona se incorpora. Ahí escucho a las nenas, les voy a preparar la leche. Matilde resopla y regresa a la madalena. Ahora está tibia. Deliciosa. Mastica con fruición.


Lorena me vino a despertar porque es una pesada  y estábamos cambiando figus en la cama cuando subió el olor y la gorda dejó todo y bajo corriendo y yo claro la seguí porque además un poco de hambre tengo.


Marcelo abandona el diario y pide un segundo café. No se acordaba de que lo hicieran tan rico. Sábado. ¿Qué hizo el sábado pasado?, ¿Fernando vino a cenar?, ¿o eso fue el sábado anterior? Saca cuentas. No, el sábado anterior fue el entierro. Increíble la densidad del tiempo. Imposible que solo hayan pasado dos semanas desde la muerte de Diana. Le pesan como un año, como una década. Como un siglo. Sábado. No cree pueda soportar quedarse en su casa. Algo tendrá que inventar.


Agustina entra a la cocina cuando Matilde está saliendo. ¿Todo bien? le pregunta su hermana, guiñándole un ojo. Sí contesta ella, deseando no ponerse colorada. Se ubica en su lugar. ¿Y Fede? le pregunta Ramona. Todavía está durmiendo contesta ella. Las nenas bajan la escalera corriendo. ¿Qué me preparaste, Ramo? pregunta Lorena ¡madalenas! exclama cuando la mujer levanta la servilleta que las cubre. ¿Quién te dijo que son para vos? protesta Sofía. ¿Ahora también pelean por la comida? las reta Ramona. ¡Cha chegué! dice Fede que entró a la cocina sin hacer ruido, todo despeinado, el piyama con patas. ¡Buen día, patroncito! dice Ramona mientras lo alza, lo besa  y lo sienta en la sillita. Agustina piensa que solo hace dos semanas que se murió su mamá y que la vida se desliza obviándola. Ramona le tiende la taza a Lorena. Yo quiero Nesquik dice la nena. ¿Y qué te parece que te preparé?, ¿whisky? bromea la mujer. Hasta ella misma se siente bien esta mañana. Suerte que somos muchos piensa.


Matilde aprovecha que todos están desayunando y agarra los álbumes de fotos. Sube cargada y cierra con llave la puerta de su cuarto. Va dando vueltas las hojas hasta que aparece gente de la edad de sus padres. Alguna que otra reunión. Varias fotos con Fernando y la mujer, no recuerda cómo se llamaba. Varias con otra pareja. Las observa con atención: sí, esa era Patricia. Ahora que la ve la reconoce. Tampoco recuerda cómo se llamaba el marido. Las fotos desaparecen antes del nacimiento de Lorena. Matilde se acuesta de espaldas en la alfombra. ¿Qué está buscando?, ¿conocer a su mamá? Y a mí que me importa piensa con rabia. Suena su celular. Mensaje de Mariano: ¿Qué hacés hoy? El corazón se le agita.



viernes, 24 de febrero de 2017

43


Agustina está tirada en la cama.  A cada rato revisa la ropa. Tiene miedo de mancharse. Matilde la tranquilizó pero no lo puede evitar. La aterra ir mañana al colegio. ¿Y si falta? ¿A quién le tiene que pedir permiso?, ¿a su papá?, ¿y explicarle por qué? Prefiere mil veces ir a la escuela. ¿A Matilde? Mamá, vení piensa mientras sofoca el llanto contra la almohada.


Al pasar por el cuarto de Agustina, Matilde se detiene. ¿Está llorando? Pone la oreja contra la puerta. Sí, está llorando. Duda unos instantes pero finalmente golpea. Como no le contestan, abre. Encuentra a su hermana hecha un ovillo sobre la cama.  La espalda se le sacude. Así encogida parece una nena. Matilde se sienta junto a ella. Quisiera abrazarla pero no puede. ¿Qué te pasa? le pregunta luego de un buen rato. La extraño a mamá contesta su hermana, la voz entrecortada por la congoja. A Matilde le da rabia. Rabia y pena. Haciendo un gran esfuerzo, logra ponerle la mano sobre la cabeza. Dale, Agus. Su hermana se da vuelta y le ofrece el rostro congestionado. Mañana no quiero ir a la escuela dice. Matilde, con la velocidad de un rayo, se ve, dos años atrás, pidiéndole lo mismo a su madre en idénticas circunstancias. Pero su madre fue inflexible. Con la velocidad del segundo rayo recuerda que es viernes. ¡Agus, mañana no hay clase! Su hermana se sienta en la cama de un salto. Parece que crecer te puso tonta dice ella mientras la empuja. Agustina cae sobre el colchón. Ríen juntas.


A Marcelo lo pescan las ocho en la oficina. Hace rato que se fue su secretaria. Satisfecho del trabajo bien realizado. Busca el teléfono. Ramona, hoy llegaré más tarde. No hay problema señor, mañana las chicas no madrugan. Viernes. No sabe si alegrarse. El fin de semana ya no es un premio. Nunca más habrá Diana, ni cine, ni restaurantes con velas. Ahora solo niños y más niños. No, no se alegra.


 Yo escuché que Agus lloraba piensa Lorena seguro por la panza y le iba a avisar a Ramo cuando entró Matilde y ahora se ríen suerte que ya no se pelean por mí.


Agustina se dispone a lavarle la cabeza a Federico cuando descubre el frasco vacío.  Mati le grita a su hermana que está bañando a las nenas porfi, ¿me alcanzás el shampoo? Termino de enjuagarla a Lorena y te lo llevo es la respuesta desde el otro baño. Porque no se anima a dejarlo a Fede solo en la bañera. Ya no está para más golpes esta familia.


Matilde le tiende el plato. La suprema en un costado, la simétrica montañita de puré, el trozo de limón entre ambos. Recorre con la mirada el resto de los platos.  Nada de chorreaduras ni imprecisiones. Una perfecta ama de casa no le queda más que reconocer. Ya pueden empezar informa ahora la chiquilina con idéntica inflexión a la que utilizaba Diana. Al instante el silencio imperante se ve sustituido por el ruido de los cubiertos. ¿Me cortás? solicita Lorena, sentada a su lado. Ya sos grande la reta Matilde. Dejá que yo te corto intercede Agustina. La nena desoye a ambas e insiste papi, ¿me cortás? Él también las desoye y accede al pedido. Gracias, papi dice Lorena con la boca llena. Papi.

Matilde se pone el piyama. Lamenta haber devuelto la caja. Es extraño poder conocer a su madre retrospectivamente. Yo nunca le preguntaba nada reconoce. No se animaba. Matilde, desde chiquita, sabía con exactitud de qué su madre no quería hablar y, como si existiera entre ellas un pacto secreto nunca verbalizado, obviaba su curiosidad en pos de no incomodarla. Jamás se hubiera atrevido a preguntarle de dónde venís, qué hiciste, por qué estás preocupada. Y ahora la multitud de agendas le ofrece a su madre en bandeja. La posibilidad de rastrear sus días, sus gustos, sus ocupaciones, sus placeres. Se pregunta si su padre ya se habrá acostado. Quizá si aún está tomando el café le da tiempo de meterse en el cuarto. Demasiado riesgo. Para aplacar su cabeza busca el libro de turno. Demián. Le encanta Hermann Hesse.

Marcelo entra al cuarto y cierra la puerta. Con llave. Como si así pudiera soslayar la responsabilidad de responder por tantas vidas. Se siente extranjero de sí mismo. Como si se hubiera acostado siendo libre y se hubiera despertado con grilletes en los tobillos. Nada de lo que le acontece ha dependido de su voluntad. Más allá de su profesión, en la cual se reconoce protagonista absoluto, desde el instante en que conoció a Diana las cosas dejaron de ser producto de sus decisiones. Durante dieciséis años me limité a dejarla hacer admite. Y ahora ella se bajó del escenario y lo dejó rodeado de actores de reparto a los cuales debe dirigir. Como dice Serrat sin saber el oficio y sin vocación. Abre la cama y enciende el velador.